Aquellos que propugnan la
desaparición de la filosofía como asignatura obligatoria en las enseñanzas
medias parecen haber olvidado el valor “antropogénico” de esta disciplina, o
nunca se han detenido a reflexionar sobre ello. Ciertamente, caer en la tentación
de considerar la filosofía como una actividad meramente especulativa y alejada
de todo fin práctico es ya un error recurrente a lo largo de la historia. La
clase política y los dirigentes, comprometidos en el logro de objetivos a corto
plazo y concebidos desde un determinado conjunto de valores establecidos en un
momento dado, no pueden dejar de considerar un despilfarro cualquier esfuerzo o
recurso destinado a tales excentricidades. A estas personas no les vendría nada
mal “perder el tiempo” en leer un poco de filosofía.
Si
bien es difícil definir lo esencial del ser humano en una sola frase, podemos
señalar como uno de los fundamentos de su existencia el pensar. Con ello no se
mienta meramente una actividad que conlleva la manipulación de representaciones
mentales. El pensar es, esencialmente, pensar que se piensa a sí mismo. Esta
característica inherente al pensar es la que permite que el a priori de toda
comprensión nos sea abierto. En la libertad que nos viene dada por esta
estructura del pensar radican las conquistas que el hombre puede llevar a cabo
en distintas esferas. En el terreno del conocimiento científico, por ejemplo,
los avances más importantes han tenido lugar como consecuencia de crisis y
revoluciones de conceptos fundamentales. Cosas tales son posibles porque los a
priori que fundamentan las distintas ciencias resultan accesibles y revisables
para el pensar. El método siempre va a la zaga. En el terreno ético y personal,
la posibilidad de que podamos adueñarnos de nuestros propios valores y de asir
el destino individual se asienta también en el comprender el a priori de la
comprensión. Asimismo, dentro de la esfera política y social, el desarrollo de
una ética y de unos criterios propios son los verdaderos cimientos de una
democracia y de una sociedad participativa. Nuestra democracia, especialmente,
necesita individuos capaces de obligar a la clase política, mediante una
crítica sólida, a volver la mirada hacia la realidad e intereses genuinos de la
sociedad. Éste es un trabajo que sólo puede ser el fruto de un pensamiento
crítico, verdaderamente comprometido y con la contundencia suficiente como para
crear hábitos y tradición.
La
filosofía, por su parte, es, justamente, la ciencia del a priori. Porque a la
comprensión del hombre le resulta abierto el a priori, podemos decir de él que
es, en cierto modo, constitutivamente filósofo. Pero ello no nos autoriza en
ningún momento a suponer que podemos prescindir de la filosofía como ciencia
con la esperanza de que nuestra constitutiva condición de filósofos más la mera
yuxtaposición de experiencias vividas serán suficientes para nutrir nuestro
pensamiento. El pensamiento resulta encauzado y articulado
por el lenguaje. De algún modo, nuestro pensamiento es prisionero del lenguaje,
tanto más cuanto más oculto nos sea el origen de las palabras que empleamos.
Desembozando este origen podemos recobrar la fuerza original de las palabras y
movernos con más libertad en el horizonte ganado de este modo. El principal
legado de la filosofía es un lenguaje apropiado con el que encauzar nuestro
pensamiento. Muchos filósofos han resaltado este aspecto y por ello se ha dicho
en más de una ocasión que los filósofos son, también, en cierto modo, filólogos.
Para
concluir a partir de lo hasta aquí expuesto, hemos de decir alto y claro que un
gobierno que no reconoce la importancia de la filosofía y otras materias afines
en las enseñanzas medias es un gobierno que no apuesta por un verdadero avance
en las distintas ciencias (incluso las llamadas técnicas), que no apuesta por
una sociedad de individuos capaces de hacerse a sí mismos y de apropiarse de
sus valores éticos y morales, y, por último, que no apuesta por una democracia
sólida. En nuestro país no podemos permitirnos el lujo de renunciar a estas
conquistas.
Por
último, queremos animar a todo el mundo a que reflexione sobre este tema tan
importante y, si comparten el punto de vista aquí esbozado, a alzar la voz de
algún modo para que cunda el sentido común en los máximos responsables de la
educación y para que no olviden que el principal objetivo de todo sistema
educativo es enseñar a pensar.