10 de Abril de 2021

Conversación con Sir Paul Preston

El Supremo Consejo Masónico de España (Consejo Territorial de Cataluña) y la Logia Capitular de Perfección Voltaire 17 organizaron una excepcional conversación telemática con el historiador Sir Paul Preston, CBE.

El conocido hispanista, profesor emérito de la London School of Economics, está a punto de publicar un libro sobre algunos de los que él denomina “arquitectos del terror”. Personajes que contribuyeron a la construcción del mito judeo-masónico-comunista, el “contubernio” que obsesionó al general Franco durante toda su vida (“contubernio” mencionado incluso en su última aparición pública, semanas antes de morir, en octubre de 1975).

La conversación con el profesor Preston giró en torno a los “cerebros de aquel mito": el sacerdote Joan Tusquets, el escritor José María Pemán, el policía Mauricio Carlavilla, el conde de Alba de Yeltes, Gonzalo de Aguilera Munro… y también sobre los perpetradores: los generales Mola y Queipo de Llano, jefes y organizadores de la persecución, cárcel, exilio y muerte de nuestros Hermanos y de nuestras Hermanas, y de miles de personas acusadas falsamente del “delito” de ser masones, entre muchas víctimas más.

Mª Àngels Prats presentó al orador y a los tres interlocutores: Santiago Castellà, Albert Testar y Joan-Francesc Pont.

Los asistentes, más de 150 masones, pudieron formular dudas y preguntas al profesor Preston sobre “Francmasonería, república, destrucción Y reconstrucción del Templo - El Compromiso con la Ciudad”, que era el tema central de este encuentro.

“Pensaba que yo era un historiador social pero mi vocación era de biógrafo”, confesó el profesor Preston. De esto se dio cuenta cuando ya llevaba un buen trecho recorrido profesionalmente. Su nuevo libro es una secuela amplia de la que seguramente sea su obra más importante: “El holocausto español: Odio y exterminio en la guerra civil y después”.

Pero en la nueva obra se centra en seis personajes a lo largo de ocho capítulos: el primero y el último enmarcan a los demás. En el primero explica el porqué del odio de Franco a la Masonería y a los judíos. Los demás capítulos cuentan las vidas de los seis sujetos que él evidencia como artífices del horror, a modo de biografías cortas. Es una vuelta a los teóricos y a los que consumaron las teorías.

Los tres sujetos que el profesor Preston determina primordiales configuran el grueso del libro: el cura Joan Tusquets, el escritor José Mª Pemán y el policía Mauricio Carlavilla. A Gonzalo de Aguilera lo encuadra como “el mensajero”, enlace de Mola con los corresponsales de la prensa extranjera. Y luego están los dos ejecutores materiales de los asesinatos: los generales Mola, en el norte, y Queipo de Llano, en el sur, completan el grupo.

Explica que había muchos nexos entre ellos, pero el principal fue que todos creían ferozmente en el mítico “contubernio”. Todos mentían, pero la mayor amenaza –desde el punto de vista de la propaganda– vino de la mano de Tusquets.

Mola y Queipo de Llano se habían brutalizado por su participación en la Guerra de África. Lo curioso es que estos dos generales, lo mismo que Franco, recibían un boletín mensual que les enviaban desde Ginebra, editado por una asociación antimasónica. Esa era una de las poquísimas lecturas de Franco, que jamás destacó por su amor a los libros.

Evoca Preston que Franco, ya en la época de la República, leía libros como “Orígenes de la revolución española”, del cura Tusquets. También leía unos libritos, “Las sectas”, de los que se publicaron una decena con muy elocuentes títulos: empezaba la colección con “La Francmasonería, crimen de lesa patria”, del mismo Tusquets, y concluía con “La Masonería y la pérdida de las colonias”, de Primitivo Ibáñez Argote.

 

Las Sectas, biblioteca trimestral, fue una colección de libros-revista que se publicó en Barcelona de 1932 a 1936, por la Casa Editorial de Arte Católico José Vilamala,de la que

llegaron a aparecer 15 volúmenes. En todos ellos figuran como responsables: J. Tusquets y J. Guiu.

 

Tusquets y Joaquin Guiu prepararon un fichero con los nombres de masones. Fueron unos 5.000 al principio, pero al final de la guerra pasaban de 80.000.

Según los estudios del profesor Preston, el odio de Franco hacia la Masonería tenía tres dimensiones u orígenes

La primera eran las lecturas ya mencionadas. A los libritos de Tusquets y a los boletines de Ginebra se añadían otras relacionadas con Ángel Herrera Oria, director del diario católico El Debate, más tarde clérigo (llegaría a ser cardenal) y fundador, con el padre Ángel Ayala, de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP); o Francisco de Luis, autor de “La Masonería contra España” donde identificaban Masonería y judaísmo y donde se afirmaba que “en cada judío va un masón: astucia, secreto doloso, odio a Cristo y su civilización, sed de exterminio. Masones y judíos son los autores y directores del socialismo y el bolchevismo”.

La segunda fuente del odio de Franco la encuentra Preston en sus intentos fallidos de entrar en Masonería: la primera fue en Larache, que salió mal por que Franco aceptó un ascenso cuando todos los oficiales habían acordado no aceptarlos sin rigurosa antigüedad; y otra en Madrid, al haber sido postergado tras ser director de la Academia de Zaragoza. Lo intentó, pero ya se conocía su fondo y también fue rechazado.

Pero la tercera y la más importante, según Preston, era el odio hacia su padre: Nicolás, un hombre mujeriego, bebedor y jugador, pero librepensador con buen concepto de la Masonería. Parece ser que existen documentos en los que Franco asocia a la República con la infidelidad de los maridos a sus esposas. El padre del futuro “caudillo” maltrataba, engañaba y acabaría abandonando a su mujer, por la que Franco sentía una devoción casi edípica; el hijo jamás perdonó al padre.

Señaló también Preston el caso de Jose Mª Pemán, escritor muy conservador y monárquico que, a partir de 1945, se creó una nueva imagen para tapar su labor con el “ultra” Eugenio Vegas Latapié: hacer turismo político con el fin de  hacer y extender la propaganda. El profesor Preston señala a Pemán, autor de obras de gran éxito en su día (“El divino impaciente”) como uno de los próceres literarios del franquismo. Dice que defendió sin contemplaciones la sublevación militar. Y luego animó con textos y discursos la "matanza fundacional del franquismo", como subraya Francisco Espinosa, que se refiere a la masacre perpetrada en Badajoz: las tropas del coronel Yagüe dejaron allí casi 4.000 muertos. Preston señala a Pemán como un incitador al genocidio y la represión que dejó España sembrada de fosas comunes.

En su análisis del policía Carlavilla desvela que fue un agente provocador al servicio de Mola, y que se infiltró en el partido comunista. Estuvo metido en varias conspiraciones, incluida el intento de asesinato de Azaña. Más tarde también se infiltró en la Falange, pero fue descubierto y tuvo que refugiarse en Portugal. Allí pasó parte de la guerra civil, aunque fue expulsado en 1939.

Gonzalo de Aguilera desempeñó, dice Preston, la función de oficial de prensa para Franco y Mola. Había sido agregado en la Embajada de Alemania durante la primera guerra mundial. Su paso por África le brutalizó, dice el historiador, que tanto o más que a Mola: llegó a asesinar a sus dos hijos: "Tenemos que matar, matar, ¿sabe usted? Son como animales, ¿sabe?, y no cabe esperar que se libren del virus del bolchevismo. Ahora espero que comprenda usted qué es lo que entendemos por regeneración de España... Nuestro programa consiste (...) en exterminar un tercio de la población masculina de España. Con eso se limpiaría el país y nos desharíamos del proletariado. (Preston, 2004).

Mola fue el “director” (así se hacía llamar) de la conspiración militar. Su dimensión antimasónica y antisemita es menos conocida, pero fue, dice Preston, el responsable directo del asesinato de cuarenta mil personas en el norte de España.

Queipo de llano fue, según el historiador británico, el mayor asesino de todos: más de cincuenta mil víctimas. “Se les perseguirá como a fieras, hasta hacerlos desaparecer a todos", decía Queipo en las célebres arengas radiofónicas en las que animaba al exterminio del rival ideológico: "Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y de paso también a sus mujeres", desbarraba ante los micrófonos de Unión Radio Sevilla.

Prisioneros del campo de concentración instalado en las caballerizas del Palacio de La Magdalena (Santander) haciendo gimnasia. La sesión fue preparada para

tomar fotografías de cara a un reportaje elaborado por el servicio de propaganda franquista. - BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

 

Casi al final del encuentro, el profesor Preston se refirió al antisemistismo de Franco, que amainó cuando Hitler comenzó a perder la Guerra.

Esta marcha atrás culmina en 1949, cuando se produce la votación del caso español en el seno de la ONU, con el discurso de Abba Eban, embajador de Israel, quien criticó duramente a España comparándola con el régimen nazi.

A partir de este momento, siempre según Preston, el Gobierno español comenzará una intensa actividad diplomática y propagandística en dos direcciones:

1.- En la esfera internacional, además de ponerse en manos del Vaticano gobernado por Pío XII, comenzó a magnificarse la labor llevada a cabo por el gobierno de Franco para liberar a cientos de judíos en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. Eso pretendía dulcificar la pésima opinión que sobre la dictadura franquista tenía la opinión pública israelí, así como tratar de conseguir un acercamiento entre ambos países que permitiese a España mantener sus derechos y privilegios en Tierra Santa. ¿O fue un mito que se creó ante el aislamiento al que sometió la ONU a España tras la guerra?

2.- Dentro de España la situación fue por otros derroteros. Entre 1949 y 1951 el “caudillo” firmará en el diario Arriba, bajo el seudónimo de Jakim Boor, numerosos artículos en los que acusaba a los judíos de mantener relaciones directas con la Masonería y el comunismo, además de conspirar contra Occidente, sobre todo contra España. Luego se ha sabido que muchos de aquellos artículos (que llegaron a publicarse en forma de libro) no los escribía el propio Franco, cuyo estilo literario era muy mediocre, sino su “mano derecha” de siempre, el marino Luis Carrero Blanco. Pero el “caudillo” siempre tenía la última palabra y dejaba que corriese el rumor de que el autor era él.

Más de una hora estuvo el profesor Sir Paul Preston contestando a las preguntas y aclarando las dudas de todos los afortunados que, como señaló en el cierre Joan Ramon Rodoreda, tendrán oportunidad, gracias al Consejo Territorial de Cataluña del Supremo Consejo Masónico de España, de seguir disfrutando de encuentros/intervenciones para ensalzar el concepto de la Libertad de pensamiento de la que goza la Masonería