11 de Junio de 2020

Declaración sobre el Racismo

La historia, lamentablemente, se repite. A pesar de las leyes que garantizan la igualdad, los hechos nos muestran día tras día que estamos muy lejos de la situación ideal. Parece que el camino hacia la igualdad que se empezó a andar tiempo atrás se ha parado o, peor aún, que andamos hacia atrás. Si podía parecer que estábamos ante el día de la marmota, cada vez estamos más convencidos que el cangrejo y su andar hacia atrás sería el símil más adecuado.

¿Fallan las leyes? Seguro que hay opciones de mejora, pero no parece que el problema fundamental resida en el cuerpo legal o institucional de Estados Unidos y de tantos otros países con problemas parecidos. Si el problema estuviera en las leyes sería de fácil y rápida resolución. Mucho nos tememos que no se terminará porque prohíban una técnica de inmovilización de los detenidos. El problema está en nosotros mismos y en nuestra organización como sociedad. En nosotros, porque hay un problema de educación en igualdad, de género, de razas, de religión, lo que parecía un derecho fundamental plenamente conseguido. En la sociedad, porque nuestro miedo nos empuja a priorizar la inversión en seguridad frente a la exclusión social.

El primer reflejo es el racismo. El trato reservado para aquellos que consideramos inferiores, el trato que no daríamos al perro del vecino. El segundo reflejo es la prepotencia de un presidente que cree poder solucionarlo por la fuerza, que no hace falta pedir perdón y mucho menos arrodillarse. No ha sido nunca voluntad de la Masonería opinar acerca de la política, y no vamos a empezar hoy. Si por alguna cosa debe identificarse a los masones es por su capacidad de escuchar y de dialogar. Por ello siempre debemos gritar lo más alto posible cuando alguien no quiere hacer política, no quiere enfrentarse al diálogo, no pretende revisar o poner en duda sus propias opiniones en favor de terceros, cuando no se escucha a nadie. Nuestro método nos enseña cómo podemos gestionar los problemas. Nunca nos dará la solución, pero nos permite trazar las vías. Las consideramos válidas hace 300 años y hoy tienen plena vigencia.

Desde nuestra humilde posición siempre debemos denunciar cualquier hecho que vaya contra los derechos fundamentales del ser humano. Es nuestra obligación aportar las herramientas que conocemos y que trabajamos cada día para participar como uno más en la búsqueda de la solución. Hoy, sin dudarlo, denunciamos no solo un acto de racismo: también la falta de diálogo.

Los problemas que arrastramos de generación en generación no se resolverán en pocas semanas o meses. Se deben hacer planes de largo alcance para que las generaciones de hoy puedan mejorar y especialmente sembrar las bases para un futuro de esperanza. Las bases se construyen en las escuelas, y el futuro se siembra con el trabajo para evitar la exclusión social. Los resultados no serán rápidos, pero si seguimos priorizando la inversión en fuerzas policiales y en prisiones, y atendiendo solo por caridad a los más necesitados, nos seguirá una nueva generación con los mismos problemas que la nuestra.

Trabajamos para un presente y futuro en igualdad, y cada vez que nos equivoquemos, nos arrodillaremos sin dudarlo. Los masones sabemos lo que eso significa.